El juego y la innovación siempre han ido cogidos de la mano. El ser humano, con toda su inteligencia y sus habilidades para descubrir los secretos del mundo que le rodea, crea grandes inventos y avances científicos y tecnológicos. En cambio, es el único ser vivo del planeta que deja de jugar a medida que crece, a diferencia de muchos otros animales reconocidos por su gran inteligencia, como los delfines, los elefantes, las mangostas o los cuervos a los que se ha visto jugando con piedras, palos u otros animales de otras especies. ¿Es acaso esto beneficioso para nuestro desarrollo y para el de la sociedad?

El pasado 25 de enero, Esther Hierro, CEO y directora creativa de Marinva, impartió la conferencia El Alma del Juego en el marco del Seminario CORPODESC: Neuropedagogía, de la UNIR (Universidad Internacional de La Rioja). Su presentación arrancó provocando un conflicto cognitivo a los asistentes: ¿por qué tantos años de evolución humana no nos invitan a jugar a lo largo de toda la vida? Puedes leer el artículo completo relacionado con el seminario pulsando aquí.

El rechazo de lo lúdico

La historia de la humanidad siempre ha estado ligada al juego. De hecho, dicen que el juego es empatía, relación y vida –elementos que a su vez nos han caracterizado desde nuestros inicios como especie. Empatía porque mientras jugamos somos capaces de ponernos en el lugar del otro, queremos entenderlo, saber qué piensa, cómo piensa, y esto nos permite jugar al como sí. Relación porque somos animales sociales, y ya sabemos que el juego nos permite conocer y crear vínculos con otras personas. Y vida porque, en muchas ocasiones, el juego entendido como impulso biológico ha actuado como recurso para la supervivencia y ha estado presente en momentos en los que la propia vida de las personas ha estado en peligro.

guerra mundial juego

¿Conocéis el suceso de la mañana de Navidad de 1914 que Bregman explica en el libro Dignos de ser humanos (2021)? Hacía frío, no sabían si al ser Nochebuena, en medio de la Primera Guerra Mundial, los soldados cenarían algo especial o recibirían una carta de sus seres queridos. Se encontraban en la frontera franco-belga y la noche era oscura. Durmieron y, cuando al día siguiente se asomaron por la ventana, vieron que soldados del otro bando también les estaban echando el ojo. Los superiores les avisaron de que habían pactado una tregua en el enfrentamiento militar, y la mañana del 25 de diciembre de 1914 los soldados organizaron un partido de fútbol que unió a ambos bandos. 

Ese suceso se cobró la vida de muchos de los soldados que decidieron jugar. Y ocurrió por dos motivos principales: porque esa unión tan inocente fue entendida como una posición vulnerable o rendición frente al oponente, y porque el juego, la actitud lúdica y el divertimento no era propio de una persona adulta, y por ello debieron ser castigados.

Esta última concepción no solo se daba en las trincheras. La sociedad también rechazaba el juego y lo asociaba a una práctica infantil por creer que era la antítesis de la productividad –seguro que habéis oído decir “deja de jugar y ponte a hacer algo de provecho”. Esta situación ha conducido a la creación de una sociedad estresada y enferma por culpa de la falta de juego tanto en la infancia como en la vida adulta de las personas. Aunque, como menciona Imma Marín en su libro ¿Jugamos? (2018) “cada vez son más los informes que (…) desde distintas áreas de conocimiento relacionan índices de bienestar, productividad y efectividad de los equipos profesionales con la creación de condiciones de trabajo totalmente alineadas con esta idea de actitud lúdica”

Un cerebro sano es un cerebro que juega

Como explica nuestra compañera Laia Arnau en el artículo Las metodologías lúdicas favorecen la predisposición del cerebro para el aprendizaje (2023), “en las experiencias lúdicas, no solamente se libera dopamina (que favorece la atención y la sensación de recompensa), también se producen encefalinas y endorfinas (asociadas al estado de calma y de felicidad), acetilcolina (que activa la memoria y el aprendizaje a largo plazo), serotonina (que reduce la ansiedad y regula el estado de ánimo) y oxitocina (que desarrolla la empatía y la conexión con los demás)”. Todo ello nos lleva a pensar que si el juego activa la mayoría de las hormonas del bienestar es que un cerebro sano buscará jugar y compartir momentos de juego con su entorno como síntoma de salud. 

En el ámbito neurocientífico, como ya hemos mencionado, el placer y el disfrute propios del jugar tienen un impacto directo en la química del cerebro, porque activan sistemas de recompensa y la motivación intrínseca. Estos, a su vez, al estar relacionados con la dopamina y la noradrenalina, crean sensaciones placenteras que nos motivan a repetir la acción lúdica y disfrutarla, por lo que el juego atrae al juego. 

Por qué el juego y la innovación están relacionados

Un cerebro activo, curioso y sano, que juega y se da permiso para divertirse y relajarse, será un cerebro en el que de forma natural emerjan ideas innovadoras. Jugando hemos hecho invenciones revolucionarias que han provocado transformaciones transcendentales. Steven Berlin Johnson ha escrito varios libros leídos en todo el mundo, como el Where Good Ideas Come From: The Natural History of Innovation (2010) o el How We Got To Now: Six Innovations That Made The Modern World (2014). Este autor ya hace algunos años que rompía con el convencimiento antiguo de que la necesidad es el único motor de cambio e invención. En el siguiente video, el autor ilustra esta afirmación. ¡Dale al play!

Muchas ideas innovadoras han surgido de momentos de juego, como la teoría matemática de la probabilidad, el velcro o el caucho. En Marinva estamos tan convencidas de que así es que, en muchas fases de ideación de nuestros proyectos gamificados más inspiradores, el equipo juega. Y cuando tenemos la oportunidad de participar en procesos creativos de nuestros clientes, ¡son ellos los que juegan!

Lo que la evidencia científica y la experiencia humana a lo largo de los siglos ha demostrado es que en un mundo lleno de retos tiene más sentido que nunca que las personas sigamos buscando momentos para jugar en organizaciones, en instituciones educativas y en sociedad, por necesidad, en pro de nuestra salud y para seguir imaginando y creando el mundo en el que merezca la pena vivir.